Biografía José Antonio "El Amo" Torres

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Xicoténcatl
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Biografía José Antonio "El Amo" Torres

Mensaje por Xicoténcatl el 4/5/2012, 2:42 pm



Por su acta de bautismo sabemos que nació en Monte Redondo, jurisdicción de Frías actualmente, pero entonces era de San Pedro Piedra Gorda. Nació el 02 de Noviembre de 1775; sus padres Miguel de Torres y Maria Encarnación Mendoza, mestizos.

No se sabe mucho de su infancia, PARECE QUE QUEDO HUERFANO MUY CHICO, como todos los campesinos pobres, vivió las fatigas agotadoras de sus contemporáneos compartiendo las injustas condiciones sociales de su tiempo; y a la vez aprendiendo del libro de la naturaleza que lo enseño a ser comprensivo y tenaz.

No solo por la inquietud propia de la adolescencia, sino para sobrevivir, muy joven se incorporó a uno de los tantos grupos de arrieros de las muchas recuas de mulas que cruzaban por esta región. En sus andanzas, donde mas tiempo permaneció fue en Michoacán y Nueva Galicia, ahí hizo muchos amigos que le fueron de gran ayuda en su lucha libertaria.

Después de Algunos Años se asentó en San Pedro Piedra Gorda y luego paso a ser administrador de la Hacienda de Atotonilquillo. Radicándose dentro del territorio de la hacienda.

Como consta por su acta correspondiente, el 30 de Enero de 1788 se casó con doña Manuela Banegas, española de los Órganos. Engendraron 5 hijos, tres varones y dos mujeres. De ellos José Antonio y José Manuel se sumaron a la causa de la Independencia.

El Insurgente.

La noticia del levantamiento de Dolores le entusiasmo mucho, contagio a sus amigos y el 04 de Octubre de 1810 se presentaron ante Hidalgo en Guanajuato. “El Amo Torres” le pidió autorización para avanzar sobre la Nueva Galicia y apoderarse de Guadalajara. “El generalísimo” al darse cuenta de las virtudes y simpatía que gozaba entre sus paisanos, no solo le autorizo, sino que lo nombro coronel y puso a su mando cien hombres, que fueron la base del ejercito que el mismo recluto.

Con entusiasmo crecido, volvió a su tierra convocando a sus paisanos a seguirlo en la causa liberadora; reunió a cuatrocientos hombres principalmente de ascendencia indígena, y algunos mestizos; armados, con unos pocos fusiles, y la mayoría con palos, hondas y lanzas.

Con ese ejército recorrió como relámpago pueblos de Jalisco de las márgenes del Lerma, proclamando la Independencia y engrosando su ejército. Comisionó a Honofre Gómez Portugal y a Teodoro Huidogro Alatorre y Godinez para que levantaran los distritos del oriente.

Entre tanto, “El Amo Torres” con la misma rapidez marcho por Azuayo, Tizapan y Atoyac, y para el 01 de Noviembre ya estaba en la Villa de Zacoalco, a la que entro sin resistencia.

Para estas fechas las autoridades de la Nueva Galicia estaban desconcertadas el Gobernador Abarca difícilmente reunió un ejercito de doce mil hombres que pronto se deshizo. Después de muchas vacilaciones decidió enviar contra los alzados dos secciones: una de 500 hombres al oriente por el rumbo de la Barca, comandados por don Juan José Ricacho; y otra, al sur hacia Zacoalco con igual fuerza a las ordenes del Teniente Coronel don Tomas Ignacio Villaseñor.

El 04 de Noviembre se enfrentaron los ejércitos de Villaseñor y el de Torres; éste para evitar derramar sangre, dirigió una intimación al jefe realista que era mexicano, diciéndole que se retirara a Guadalajara con todos los “americanos” que llevaba, a quienes no pretendía ofender, y que dejara solamente a los europeos que gustasen batirse, pero instado por estos, le contestó altaneramente.

Palabra mas palabra menos, así describe el profesor Flores la batalla: “El Amo Torres” en prevención de la batalla había hecho proveer de gran cantidad de piedras a sus dos mil infantes que colocó en el centro, su caballería armada con lanzas y soguillas en las extremidades, formando una larga doble fila muy grande.

Villaseñor se formo con sus cañones al centro y sus flancos cubiertos con la caballería, pero al primer disparo los insurgentes avanzaron velozmente en forma de semicírculo sobre los realistas, que los recibieron con un vivo cañoneo; a cada descarga echaban pecho a tierra, y luego seguían corriendo hacia el enemigo, y llegando hasta los cañones se apoderaron de ellos; la caballería huyó despavorida, los jóvenes voluntarios pertenecientes a las familias mas distinguidas de Guadalajara, quedaron tendidos en el suelo por la terrible pedriza; y después de casi una hora de lucha los independentistas celebraron una completa victoria.

Entre los prisioneros se contaron, don Salvador Batres, don Leonardo Pintado y el mismo coronel don Tomás Ignacio Villaseñor, jefe orgulloso a quien “El Amo Torres” no solo le salvó la vida, sino que lo trato con la mayor consideración.

A solo un mes de haber recibido la comisión de apoderarse de Guadalajara, don José Antonio Torres, el 04 de Noviembre ya esta a sus puertas y a punto de tomarla. Con razón el historiador Bustamante califica como “Hombre de extraordinario valor y astucia”.

La noticia del triunfo de torres como reguero de pólvora por los pueblos aledaños; se reunió un extraordinario numero de gente resuelta a luchar por la independencia, y el ejercito llego a contar con cerca de 20 mil hombres. El padre José Maria Mercado, quien ya se había declarado a favor de la libertad, se dirigió a don José Antonio Torres pidiéndole autorización para emprender la campaña sobre Tepic y San Blas, petición que le fue otorgada sin tardanza. A la vez, la derrota de los realistas en la Barca, y más aún esta Zacoalco sumió a Guadalajara en el espanto y la zozobra.

Toma de Guadalajara.

El 10 de Noviembre Torres avanzo sobre esa ciudad, ahí la situación era de desconcierto, el Gobernador Abarca se retiro a la comunidad de San Pedro, y dejo el mando en manos del ayuntamiento; los españoles huyeron hacia Tepic y San Blas, sin fuerzas para enfrentar al Ejercito Insurgente, el Ayuntamiento no tuvo más que pactar con el enemigo. Logradas las condiciones aceptables para ambas partes, el 11 de Noviembre entro el ejercito liberador pacifica y ordenadamente, causando admiración a la ciudadanía.

Ese mismo día “El Amo Torres” rindió parte de la toma de Guadalajara, bajo su mando, y la de Colima por su hijo mayor también sin resistencia, a don Ignacio Allende, Teniente General de los ejércitos americanos.

Prácticamente con estos hechos toda la Nueva Galicia quedaba en poder de los liberadores gracias al valor y audacia de don Jose Antonio torres.

En el Gobierno de Guadalajara como ciudad ocupada, mostró gran honradez, humildad y humanitarismo. No hizo saqueo, ni permitió el pillaje en sus tropas; reconoció que no sabia el arte de gobernar grandes ciudades, y puso el gobierno de la ciudad en manos del ayuntamiento; sólo nombró oidores para las vacantes que dejaron quienes habían huido, y se reservó la defensa de la ciudad en caso de ser atacada por los españoles.

Otra muestra de honradez y humanitarismo, fue el modo como cumplió la orden terminante de Hidalgo, de que se confiscasen o interviniesen los bienes de todos los españoles; pero lejos de hacerlo como motín o saqueo, se dirigió al ayuntamiento para que nombrara una comisión que legalmente practicara el embargo. Efectivamente se nombraron seis vecinos honorables a quienes e los doto de credencial.

El 26 de Noviembre don Miguel Hidalgo hizo solemne entrada a Guadalajara y “El Amo Torres” le entrego el mando.

Segunda etapa de la actuación militar de “El Amo Torres”, va desde la batalla del Puente de Calderón, 17 de Enero de 1811, hasta su captura el 04 de Abril de 1812.

Militó primero bajo las ordenes de Hidalgo y Allende por muy breve tiempo, y enseguida como segundo de López Rayón. Sus acciones siempre estuvieron marcadas por la suerte y situación de los ejércitos libertadores, y siempre se destacó por su valor, audacia y honorabilidad, tanto en los éxitos como en los fracasos.

Los primeros meses de 1812 el intendente de Guadalajara, José de la Cruz, destacó todas las fuerzas disponibles para capturarlo. Las filas de “El Amo Torres” disminuían día a día, hasta el 04 de Abril, hallándose en Palo Alto cerca de Tupataro con muy poca gente, después de una brava resistencia, callo en manos del comandante López Merino.

El 11 de Mayo de 1812 José Antonio Torres entro a Guadalajara en una carreta en conmemoración del día (aunque no del mismo mes) que triunfante entro en esta ciudad después del triunfo de Zacoalco.

El Brigadier e intendente José de la Cruz, lo lleno de insultos sin tener en cuenta su calida de vencido; ni las heridas que cubrían su cuerpo que merecían consideración humanitaria; ni el valor con el que había defendido su causa, que merecía reconocimiento.

Para mas humillarlo, quisieron poner en el cuello un collarín o argolla, para obligarlo a que llevara levantada la cabeza a fin de que todo mundo lo viera, pero el ofreció bajo su palabra que la llevaría erguida y lo cumplió. En el se realizo este proverbio:”El hombre de bien siempre lleva levantada la vista al cielo a donde dirige sus suspiros, por que se corresponde con el señor que habita en las alturas y es testigo de la rectitud de sus sentimientos”.

La sentencia y su ejecución.

Lo juzgo una junta de seguridad y buen orden establecida con anterioridad por el intendente José de la Cruz, para conocer los delitos de infidencia: habiéndole hecho cargo de traición al rey y a la patria, fue sentenciado a morir ahorcado y a que se descuartizara su cuerpo.

Se ejecuto esta espantable sentencia el 23 de Mayo. La copio como la describe el profesor Flores: “Fue conducido El Amo Torres al patíbulo auxiliándole un sacerdote; después de algunas horas de su ejecución le cortaron la cabeza al cadáver, clavándolo en la misma horca donde permaneció 40 días; y habiéndolo descuartizado, colgaron sus verdugos su brazo derecho en Zacoalco el izquierdo en la Garita de Mexicalcingo; una de las piernas en la de San Pedro y otra en la del Carmen. Cuando estos fueron quitados de las escarfias se los arrojo al fuego como indignas de que los recibiera la tierra. No paro aquí la venganza de los realistas; arrasaron la casa de Torres en San Pedro Piedra Gorda y cubrieron de sal el solar en que se alzaba, como queriendo impedir que fructificase la semilla de la liberta e Independencia que José Antonio Torres había sembrado con su espada y regado con su sangre. 9 años después ya fructificaba esa semilla”.

“El Amo Torres” no fue hombre de letras, se nutrió de la cultura que privaba en tierras Guanajuatenses favorecidas por los muchos caminos que la surcaban y facilitaban el contacto del pueblo entre si, y que de boca en boca se compartían, no solo el diario vivir, sino las novedades y adelantos sociales y culturales. En estos lugares pronto se sabía lo sucedido en la misma corte de España y en la Cd. de México.

Su historia nos lo presenta como hombre autentico, que se estima y respeta a si mismo y al prójimo en su realidad, y por eso humilde y humanitario en los éxitos y fracasos, siempre el mismo hombre de extraordinario valor y audacia. ¡Este es uno de nuestros héroes patrios!.

Percibió además, que influyo especialmente en el modo de vivir de los habitantes de San Pedro Piedra Gorda, vida de fraternidad, igualdad y libertad.

Es considerado como el primer cuadillo insurgente en Jalisco. Por decreto del 11 de Abril de 1829 en su honor se dio el nombre de Zacoalco de Torres.

(Lugar donde manifestó su genio militar; todo a favor de la patria). ¡Merecido honor!.

Datos tomados del Libro LAS RAICES HISTORICAS –VIDA DE UN PUEBLO- del Autor Presbítero Juan Gutiérrez Romo.
http://portal.zacoal.co/2009/08/22/biografia-de-jose-antonio-torres-el-amo-torres/


Guerra y sal
El Amo Torres

Por David Guerrero Flores
Investigador del INEHRM

Fue ejecutado en la plaza Venegas de Guadalajara el 23 de mayo de 1812. Por instrucción de la Junta de Seguridad y Buen Orden, se dispuso una horca con el doble de alto, para que todo el mundo lo viera. El reo marchó al patíbulo en medio de insultos y humillaciones, como era costumbre de la época. La sentencia fue leída y el verdugo ejecutó la orden ante la muchedumbre enardecida. El cuerpo quedó suspendido durante varias horas. Después se procedió arrastrarlo, a decapitarlo y a descuartizarlo. Su cabeza fue ensartada en una pica y permaneció en la plaza para ejemplo, constancia, satisfacción y morbo de los vecinos. El brazo derecho fue enviado a Zacoalco, lugar de su primera victoria. El brazo izquierdo fue expuesto en la garita de Mexicalcingo; una pierna quedó en la garita de San Pedro y la otra en la del Carmen. Cada despojo llevaba la leyenda: “José Antonio Torres traidor al Rey y a la Patria, cabecilla rebelde e invasor de esta capital”. Al término de 40 días, los restos fueron retirados y arrojados al fuego, por considerarlos indignos de recibir el reposo de la tierra. Luego, las cenizas fueron esparcidas al viento para evitar que se reintegraran el día de la Resurrección. En San Pedro Piedra Gorda, la casa del supliciado fue demolida hasta los cimientos y el solar quedó cubierto con sal para dejarlo yermo. ¿Quién fue este hombre que mereció una ejecución tan contundente?

José Antonio nació en San Pedro Piedra Gorda, hoy Manuel Doblado, Guanajuato, entre 1755 y 1760. Sus padres fueron Miguel Torres y María Encarnación Mendoza, ambos de origen mestizo. Quedó huérfano y desde la adolescencia se dedicó a las tareas de campo, como muchos otros de sus paisanos. Casó con Manuela Vanegas y con ella tuvo cinco hijos, tres varones y dos mujeres. De ellos, José Antonio y José Manuel se sumarían a la insurgencia.

Entre otras actividades, José Antonio incursionó en la arriería, actividad que le permitió conocer los caminos y hacer amistades en Michoacán y Nueva Galicia. Con el tiempo, se hizo administrador de la hacienda de Atotonilquillo, en las proximidades de Guadalajara, donde afirmó su influencia y ganó el título de Amo Torres.

El levantamiento encabezado por Miguel Hidalgo atrajo la atención de Torres, quien organizó a algunos hombres y se presentó ante el cura de Dolores el 4 de octubre de 1810, días después de la ocupación de Guanajuato. Torres se sumó a la causa y se comprometió a sojuzgar Guadalajara. Al intuir su capacidad de mando y su influencia, Hidalgo lo invistió con el grado de coronel y puso a su disposición un centenar de hombres. De vuelta por sus tierras, ganó adhesiones hasta sumar 400 efectivos, en su mayoría indígenas, armados con algunos fusiles, pero sobre todo con hoces, azadones, palos, lanzas, hondas y piedras.

Cuando el ejército de Hidalgo sumaba alrededor de 80 mil hombres, la mayor parte de las poblaciones de Guanajuato y Michoacán se encontraban en rebeldía. A su vez, en Nueva Galicia también prosperaban los levantamientos y los brotes de descontento. Con el apoyo de jefes como Miguel Gómez Portugal, Teodoro Huidobro, Alatorre y Godínez, El Amo Torres recorrió los pueblos de Nueva Galicia bajo la consigna: “¡Viva la Virgen de Guadalupe y mueran los gachupines!”. De manera específica, Torres obtuvo el apoyo de los pueblos de Sahuayo, Tizapán y Atoyac, para después ocupar sin resistencia la villa de Zacoalco el 1 de noviembre.

Las autoridades políticas y religiosas de Guadalajara estaban muy preocupadas por la rápida expansión de los levantamientos populares. A la ciudad llegaban noticias de las atrocidades, los robos y las matanzas cometidas contra españoles en Guanajuato. Sin embargo, en la Perla de Occidente se avivaron las rivalidades entre el mando militar y los integrantes de la Junta Auxiliar de Gobierno, compuesta por letrados, clérigos y comerciantes, de manera que prevaleció la falta de coordinación para la defensa.

El comandante de brigada Roque Abarca dispuso la movilización del batallón de infantería de Guadalajara, así como del regimiento de dragones de Nueva Galicia y de las compañías de Colotlán, que eran las principales fuerzas de la provincia. Además, armó a 12 000 hombres de los pueblos y de las haciendas, pero éstos, en lugar de reforzar su brigada, corrieron para sumarse a los insurgentes.

Por su parte, el obispo Juan Cruz Ruiz Cabañas formó un cuerpo que se denominó “La Cruzada”, compuesto por curas y frailes que llevaban pintada una cruz roja en el pecho. Cuando se les convocaba para realizar ejercicios frente al palacio episcopal, salían a caballo, con sable en mano, portando un estandarte blanco con una cruz roja, mientras la gente se congregaba para verlos y gritar: “¡Viva la fe católica!”.

De manera adicional, con jóvenes de las familias de comerciantes y estudiantes de la Universidad y de los colegios, se armaron dos comandos, uno de ellos marchó al frente del oidor Juan José Recacho, para el rumbo de La Barca, y el otro, dirigido por el rico hacendado Tomás Ignacio Villaseñor, para el poblado de Zacoalco. Ninguno de los jefes encargados de la defensa conocía en detalle las artes militares y marchaban con el pecho rebosante de orgullo, pero sin una estrategia definida.

Recacho salió de la ciudad con 500 hombres, organizados en una compañía de granaderos, una sección de lanceros y dos compañías de voluntarios españoles. Se dirigió a La Barca, en los linderos con Michoacán; ahí entró a la población, pero no entabló combate, ya que los insurgentes al mando de Huidobro y Alatorre se habían retirado y se desplazaban rumbo a Zamora. No obstante, tuvo que repeler las agresiones de grupos que se apostaron en las márgenes del Lerma, sufriendo la pérdida de algunos de sus mejores oficiales. Se replegó a La Barca para establecer su cuartel, pero temeroso de un ataque más firme, optó por abandonar la plaza; para ello utilizó un recurso de la fe: hizo que el cura de la población se trasladara al frente del ejército, llevando consigo el Santísimo Sacramento, en espera de que los insurgentes no se atrevieran a atacarlos, por temor a cometer sacrilegio. La medida resultó exitosa y Recacho tomó el camino de Guadalajara, donde fue recibido con júbilo y repiques de campana, cual vencedor de los rebeldes.

Contrario al paseo y a las escaramuzas que experimentó Recacho, Villaseñor sufrió un descalabro en Zacoalco. Dirigía la compañía de voluntarios integrada por lo más selecto de la juventud de Guadalajara, además de los milicianos de Colima y una compañía de Tepic. Muchos de ellos eran inexpertos en el arte de la guerra y desconocedores de las fatigas de la vida en campaña. El 4 de noviembre tuvo lugar el enfrentamiento entre los voluntarios tapatíos y las huestes de Torres. El insurgente optó por la vía pacífica e instó a su contraparte para llegar a un acuerdo. Para ello, anunció su disposición de evitar el derramamiento de sangre y sugirió a Villaseñor, que era americano y no español, que regresara a Guadalajara, dejando a los españoles que quisieran batirse en armas. Molesto, Villaseñor rechazó la propuesta y amenazó con capturar al rebelde y hacerlo colgar.

Poco después, rompieron las hostilidades: los rebeldes habían reunido gran cantidad de piedras y los indios levantiscos lanzaron su primera embestida en contra de los bisoños milicianos de Guadalajara, quienes no tuvieron mejor opción que replegarse, en medio de una desorganizada ofensiva. En breve, los de Colima desertaron para sumarse a los contrarios y esto incidió en el resultado de las acciones. Después de una hora de combate, Torres salió victorioso y tomó como prisioneros nada menos que a los principales jefes de tropa, entre ellos, a Villaseñor. El campo quedó sembrado con más de 270 muertos del bando realista, mientras que las fuerzas de Torres sólo perdieron unas decenas de hombres.

El triunfo insurgente de Zacoalco tuvo lugar tres días antes de que los realistas derrotaran en Aculco a la muchedumbre comandada por Hidalgo. La noticia llegó a Guadalajara y produjo gran alarma. Muchos de los milicianos desaparecieron para unirse al bando contrario; a su vez, los comerciantes y principales de la ciudad sólo pensaron en recoger parte de sus bienes y escapar al puerto de San Blas, donde podrían embarcarse a Acapulco.

Del lado contrario, el entusiasmo contagió a los pueblos y rancherías de la región, cuyos hombres se unieron al ejército de Torres hasta sumar 20 000 efectivos. Guadalajara se hallaba sumida en la zozobra y en la desesperanza. El comandante Abarca se retiró a San Pedro, mientras el obispo y los españoles huyeron a Tepic y a San Blas. Como representantes de la autoridad quedaron algunos miembros del ayuntamiento, que no tuvieron más alternativa que convenir la entrega de la ciudad, con la solicitud de que el arribo del ejército se hiciera en forma ordenada, sin cometer robos ni vejaciones en contra de los vecinos. El 11 de noviembre El Amo Torres hizo su entrada e informó a Ignacio Allende que Guadalajara estaba bajo su control, lo mismo que Colima, ocupada sin resistencia por uno de sus hijos.

Durante su estancia, Torres no permitió el saqueo ni el ajusticiamiento de personas, salvo el consumo de víveres y artículos para el sostenimiento de la tropa. Para cumplir con la instrucción de Hidalgo, tendiente a la confiscación de los bienes de los españoles, se dirigió al ayuntamiento para que nombrara una comisión de ciudadanos encargada de las diligencias y del acopio de los caudales.

Proveniente de Ahualulco, el cura José María Mercado ofreció su apoyo a Torres, quien de inmediato le encomendó la persecución de los españoles que marchaban a San Blas. El 20 de noviembre, Mercado entró a Tepic sin disparar un tiro. Seis días después, intimaba al comandante de navío José de Lavayen, para la rendición de San Blas, lo cual obtuvo el 1 de diciembre, mediante el despliegue de una gran persuasión. Mercado ganó el control de una plaza importante y la posesión de los cañones apostados en el fuerte, que fueron remitidos a El Amo Torres.

Al enterarse de la toma de Guadalajara, Hidalgo dispuso su salida de Valladolid y arribó triunfal a La Perla Tapatía el 26 de noviembre. En esa ciudad, realizó una importante labor de gobierno, al formar ministerios de Estado, alentar la publicación de El Despertador Americano y emitir los bandos de abolición de la esclavitud, supresión de tributos y restitución de tierras a los indígenas. Hidalgo cumplía uno de sus más entrañables anhelos y demostraba que el movimiento insurgente estaba lejos de ser una lucha sin orientación; antes bien, poseía un fundamento moral con reivindicaciones para la sociedad. Su labor, sin embargo, se vio oscurecida por la matanza de numerosos españoles.

En el campo contrario, Félix María Calleja se aprestaba a recuperar los territorios perdidos. Sin dificultad expulsó a la muchedumbre comandada por Allende en Guanajuato, para dirigirse posteriormente a Guadalajara. En las proximidades de la ciudad, tuvo lugar la batalla de Puente de Calderón, en la que los insurgentes fueron derrotados el 17 de enero de 1811. El Amo Torres participó en las acciones y, al igual que otros jefes, nada pudo hacer ante la desbandada de las tropas. Guadalajara fue ocupada por las tropas realistas y poco después quedaron bajo su control Tepic y San Blas, lugar, éste último, donde José María Mercado perdió la vida.

El Amo Torres marchó a Saltillo con los restos del ejército insurgente y ahí quedó bajo las órdenes de Ignacio Rayón, mientras Hidalgo, Allende, Aldama, Jiménez y Abasolo emprendieron el camino hacia los confines septentrionales de Nueva España, para encontrar su destino en Acatita de Baján.

Con audacia y valor, Torres derrotó al teniente coronel Juan Zambrano en el Cerro del Grillo, el 14 de abril, lo que permitió a los insurgentes la ocupación de Zacatecas, aunque sólo por un breve periodo, pues, ante la aproximación de Calleja, decidieron retirarse a tierras michoacanas, donde alternaron los éxitos con las derrotas.

El Amo Torres tuvo la misma suerte que otros jefes de la primera insurgencia: después de un comienzo afortunado, experimentó el declive. Al iniciar 1812, el intendente José de la Cruz destacó numerosas fuerzas para capturarlo. El ejército que acompañaba a Torres disminuyó de manera notable y, en lugar de emprender acciones ofensivas, comenzó a replegarse y a buscar refugio. Finalmente, el 4 de abril, Torres fue capturado en Palo Alto, cerca de Tupátaro, Michoacán, por el comandante Antonio López Merino. De los 400 que formaban la brigada rebelde, una parte murió durante el enfrentamiento y el resto pereció en el incendio de las trojes donde se habían refugiado. Torres cayó prisionero y quedó a disposición de Pedro Celestino Negrete, instalado en Zamora, quien a su vez lo remitió al intendente de Nueva Galicia.

El 11 de mayo, Torres fue llevado a Guadalajara a bordo de una carreta, como una parodia de su entrada a esa ciudad el 11 de noviembre de 1810. Con objeto de mostrarlo ante el pueblo, pretendieron colocarle una argolla en el cuello, para obligarlo a mantener la cabeza erguida, no obstante, El Amo Torres dio su palabra de mantener su rostro visible en todo momento.

La Junta de Seguridad y Buen Orden lo juzgó por los cargos de traición al rey y a la patria, y lo condenó a la horca, seguida de la decapitación y el descuartizamiento. Su muerte debía ser ejemplar para aquellos que osaran levantarse contra la autoridad del rey. Sin embargo, era un tiempo de cambio y de revolución, de descontento y de lucha. A pesar de la horca y de la sal, la guerra continuó y las semillas germinaron.

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