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25 aniversario de la caida del Muro de Berlin

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Von Leunam
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25 aniversario de la caida del Muro de Berlin

Mensaje por Von Leunam el 8/11/2014, 8:11 pm

El mundo cambió aquel 9 de noviembre



Este fin de semana, Berlín volverá a ser una ciudad dividida. 8.000 globos dibujarán una frontera luminosa a lo largo de 15 kilómetros, un trayecto que durante la guerra fría formó parte de una de las líneas divisorias más infranqueables del mundo. Pero los que se echen a las calles el 9 de noviembre no encontrarán el muro de 3,6 metros de alto que dividió Alemania –y, en cierta medida, el mundo entero- entre 1961 y 1989. Bajo el lema “valor para la libertad”, los ciudadanos celebrarán el 25 aniversario del día en el que todo cambió. Desde entonces, cualquiera puede viajar de Dresde a Hannover tranquilamente, sin ir a la cárcel o jugarse la vida, como le ocurrió a los cuatro centenares de personas que murieron tratando de abandonar la Alemania socialista.

“Es increíble. Nunca pensamos que podríamos estar aquí”, decía aquella noche imposible de olvidar un joven a unos reporteros de televisión en un vídeo hoy disponible para cualquiera que entre en YouTube. Frente a una Puerta de Brandeburgo a oscuras, los entrevistados aseguraban a quien quisiera escucharles que no tenían pensado quedarse en la parte occidental de la ciudad. Solo querían pasar al otro lado, ver cómo era y volver a casa. 24 horas más tarde y no muy lejos de ahí, Willy Brandt pronunciaría un discurso histórico. “Nada volverá a ser como fue. Siempre supe que la separación de hormigón, alambre de espino y franja de la muerte iba contra la corriente de la historia. Lo dije en verano, sin saber que iba a pasar tan pronto: Berlín vivirá y el Muro caerá”, bramó el antiguo canciller y alcalde de Berlín durante la construcción de la barrera de la ve#$%&/üenza.

Ya antes de ese 9 de noviembre, algunos acontecimientos –como la elección en Polonia del primer Gobierno no comunista en 40 años o la apertura de la frontera entre Hungría y Austria– habían mostrado la descomposición del bloque comunista. Pero las imágenes de unos ciudadanos pletóricos encaramados sobre la mole de cemento que había marcado sus vidas o de ossis (la palabra con la que los alemanes se refieren coloquialmente a los del Este) con lágrimas en la cara pisando por primera vez el otro lado de su ciudad se han convertido en un icono del siglo XX. “La caída del Muro tuvo una fuerza simbólica incomparable. De una tacada, se mostraba el desgobierno de la RDA, la resistencia de las tropas soviéticas a inmiscuirse en su teórica zona de influencia y el éxito del movimiento popular que reclamaba libertad”, explica el historiador Jürgen Kocka.



Muchos alemanes del Este saludaron en 1961 la construcción del muro como una oportunidad para estabilizar la RDA. Y, en cierto modo, tenían razón: sin él, el régimen socialista resistió tan solo unos meses. El éxito democristiano en las primeras elecciones libres, celebradas el 18 de marzo de 1990, allanó el camino a la integración de los cinco Estados del Este y Berlín oriental en la República Federal, que se produciría el 3 de octubre de ese mismo año.

Pasado el tiempo, parece que el fin del Muro, el desplome de la RDA y de todo el bloque soviético y la reunificación de las dos Alemanias era una secuencia inevitable. Pero en otoño del 89 nada estaba escrito. A un lado y otro de la frontera había mucha gente que no deseaba un solo país. Unos pensaban que el horror del nazismo invalidaba la existencia de una Alemania unida y fuerte, otros temían los costes de la reunificación y en el Este muchos preferían una RDA reformada que no fuera absorbida por Occidente.

Las reticencias no venían solo de dentro. Líderes como la británica Margaret Thatcher hicieron todo lo posible para mantener el equilibrio establecido en el Continente tras la victoria aliada sobre Adolf Hitler por temor a un excesivo poder del país que había protagonizado dos guerras mundiales en los últimos 75 años. Pero la reunificación finalmente salió adelante. Dos factores fueron decisivos: el reconocimiento por parte del Gobierno de Helmut Kohl de la frontera con Polonia trazada tras la derrota del nazismo y el apoyo soviético a una Alemania unificada miembro de la OTAN.

“Las dudas eran comprensibles, pero los temores a un renacimiento del nacionalismo alemán no se han cumplido”, añade Kocka, presidente emérito del Centro de Investigación Social de Berlín. “El cambio salió bien, pero no hay que olvidar a los perdedores de la reunificación. Las generaciones que se quedaron sin trabajo y que tuvieron que reorientar su vida laboral con muchos esfuerzos”, añade el politólogo Gero Neugebauer.

La nueva Alemania se enorgullece de su pasado más reciente. “Casi todos los jóvenes del Este piensan que se han beneficiado de la reunificación. Eso demuestra que en estos 24 años no lo hemos hecho todo mal, sino todo lo contrario”, aseguró la canciller Angela Merkel el pasado 3 de octubre, durante los festejos para conmemorar los 24 años de unidad.

Fuera de sus fronteras, este cuarto de siglo ha servido a Alemania para afianzar su poder en la Unión Europea, un club que se construyó con un equilibrio entre el eje París-Bonn. El primero aportaba una mayor autonomía política, mientras que el segundo gozaba de una superioridad industrial y económica. Pero hace tiempo ya que este reparto de poderes no funciona.

La reunificación, la ampliación de la UE al Este -donde Berlín goza de una influencia creciente- y la crisis económica del sur del Continente han apuntalado el poderío germano. No es solo que Merkel influya más que nadie en la toma de decisiones en Bruselas. Es que además quiere ejercer su poder. Los líderes del país insisten en que ha llegado el momento de asumir una mayor responsabilidad internacional. La política exterior alemana ya no tiene complejos. Un primer aviso fue la intervención en Kosovo aprobada en 1999 por el Gobierno de socialdemócratas y verdes que encabezó Gerhard Schröder, la primera tras la II Guerra Mundial. Quince años más tarde, Berlín quiere ser parte activa en la resolución de conflictos como el de Ucrania o el del yihadismo en Siria e Irak.

“Alemania está en un dilema. Es indudable su mayor poder político y económico. Pero al mismo tiempo no quiere una posición de liderazgo en la UE. Rechaza mostrarse como líder por razones históricas, después de sus intentos de dominación militar en el siglo XX. Pero también por motivos económicos, porque entonces tendría que estar dispuesto a renunciar a parte de su riqueza para ayudar a los socios con más problemas”, resume Neugebauer, profesor en la Universidad Libre de Berlín. Esa Alemania ambivalente es la que este fin de semana festejará los 25 años de reconciliación con 8.000 globos que iluminarán una ciudad que ya se ha acostumbrado a ser solo una.

http://internacional.elpais.com/internacional/2014/10/29/actualidad/1414600848_483172.html

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Re: 25 aniversario de la caida del Muro de Berlin

Mensaje por Von Leunam el 8/11/2014, 8:18 pm

La noche que cayó el Muro























http://elpais.com/elpais/2014/10/17/album/1413535427_606044.html#1413535427_606044_1413535559

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Re: 25 aniversario de la caida del Muro de Berlin

Mensaje por Von Leunam el 8/11/2014, 8:22 pm

El cuartel de la Stasi


El Ministerio para la Seguridad del Estado, más conocido por la abreviatura Stasi, fue el servicio de inteligencia de la República Democrática Alemana. El órgano se encargaba de controlar la supervivencia del sistema soviético en el Este alemán.


Una sala de registro del edificio de la prisión central de la Stasi en Berlín, en el distrito de Hohenschoenhausen. Una construcción dedicada desde 1994 a la memoria histórica y la investigación de este servicio de inteligencia acusado de torturas y asesinatos.


En la imagen, las puertas de las celdas de la prisión central de la Stasi en Berlín, donde eran encarcelados tantos los activistas disidentes del régimen comunista, como aquellos ciudadanos que intentaban cruzar el Muro.


A través de una apertura en la puerta de una celda, se puede observar el interior de uno de estos habitáculos con una cama, un escritorio, una silla y una ventana.


La puerta de barrotes que se ve en la imagen era el acceso a la zona de enfermería de la prisión. Esta planta del edificio fue abierta al público por primera vez en septiembre de este año, 10 años después de la inauguración de este museo de la Stasi.





En la imagen, un aparato reconstruido que se utilizaba para torturar a los presos hasta 1953. El maltrato consistía en encerrar al recluso durante días en estas celdas llamadas de agua.


En la imagen, una de las celdas bajo tierra, en las que años después de la apertura de la prisión construyeron ventanas.


Dos grandes bañeras en el cuarto de baño de la enfermería de la prisión.


La sala de operaciones de la enfermería.


Una celda dentro de la zona de enfermería.


Una torre de vigilancia en la prisión central de la Stasi.



http://elpais.com/elpais/2014/10/15/album/1413364155_214775.html#1413364155_214775_1413372370

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Re: 25 aniversario de la caida del Muro de Berlin

Mensaje por Von Leunam el 8/11/2014, 8:26 pm

EL ESTE SE TRANSFORMA

Paises Balticos, Estonia, Lituania, Letonia.

Goliat se ahogó en el Báltico



Los mazazos al Muro representaron el clímax de una partitura que empezó a interpretarse en media Europa varios años antes. Y uno de los lugares donde la música sonó más tiempo y más alta fue el báltico. El pintoresco hecho de que, como modo habitual de protesta, cientos de miles de manifestantes de Estonia, Letonia y Lituania se lanzaran a la calle a entonar canciones patrióticas e himnos católicos en sus respectivos idiomas dio lugar a que el movimiento se conozca como la Revolución Cantada. Sin embargo, si por algo se recordará el proceso es por la cadena humana que atravesó 600 kilómetros y la conciencia de todos los nacionalismos del mundo aspirantes a una separación incruenta del país matriz.

A las siete de la tarde del 23 de agosto de 1989 un millón y medio de personas se tomaron de la mano todo lo al unísono que es posible en una situación similar. Por este fraternal método atravesaron los arroyos, montes y calles que separan Tallin (Estonia) de Vilna (Lituania) cruzando Letonia. La manifestación no sólo sirvió para entrar en el Libro Guinness de los records, fue sobre todo un ejemplo impecable de marketing político. Coincidió con el cincuentenario del pacto Mólotov-Ribbentrop, el acuerdo secreto entre la Alemania nazi y la Unión Soviética para repartirse Europa del Este, y apuntó directamente a la opinión pública mundial.

El movimiento se fraguó al amparo del glasnost y la perestroika. Plataformas ecologistas contra infraestructuras soviéticas en Letonia, campañas para recuperar el patrimonio católico en Lituania, manifiestos de escritores, reactivación de la disidencia, recuperación de símbolos nacionales… Desde 1986 las manifestaciones en los tres países fueron creciendo en concurrencia y frecuencia. En 1987 las autoridades pensaron que la solución sería prohibirlas y arrestar a sus cabecillas, pero al año siguiente no les quedó más remedio que volver a permitirlas y comprobar cómo eran ya decenas de miles los que salían a pedir la independencia de la muy posesiva madre soviética. Hasta 300.000 personas llegaron a protestar en Estonia, una quinta parte de la población del país. En ese clima, los partidos comunistas de los tres países fueron absorbiendo como propias muchas de las reclamaciones de la población -por ejemplo, anteponer la legislación nacional a la soviética-, y acabaron permitiendo la formación de la cadena humana como símbolo último de buena voluntad.

En una exhibición de su capacidad para coordinarse, en el 50 aniversario del pacto Ribbentrop-Mólotov los participantes en el acto se movieron en autobuses hacia las zonas en las que podían quedar huecos libres y afinaron su ubicación mediante comunicados por la radio. Las campanas del báltico repicaron el día entero. En Vilna, 40.000 manifestantes se reunieron en la plaza de la catedral entre velas y sones tradicionales. En uno de los actos más espectaculares, los frentes populares de Estonia y Letonia se encontraron en la frontera y organizaron el funeral simbólico de una cruz gamada dentro de una estrella roja en protesta porque su futuro lo hubieran determinado dos diplomáticos extranjeros que no contaban con las simpatías locales.

El componente festivo no quiere decir que el acto no se saldara con más de un porrazo policial, y tanto las fuerzas armadas de la URSS como las del resto de naciones comunistas hermanas vivieron la jornada sobre ascuas. En cualquier caso, el simple hecho de que llegara a ejecutarse terminó de convencer a los bálticos que aún no creían de que era realista aspirar a la independencia.

Como paso determinante en esta progresión, el 24 de junio de 1988 se creó en Lituania el Sąjūdis, movimiento social y político para liderar el proceso que funcionó como la primera oposición parlamentaria organizada de la historia de la URSS. El 24 de febrero de 1990, ganó las elecciones, y el 11 de marzo, unos meses tras la caída del Muro de Berlín, Lituania se convirtió en el primer Estado soviético en declarar su independencia. El resto vinieron en cascada.

El mundo tardó casi un año en reconocer a las tres naciones, a finales de 1991, mediando un intento de Moscú de recuperar por la fuerza el control de Letonia y Lituania. El 13 de enero de 1991 paracaidistas rusos hirieron en Vilna a cientos de manifestantes y mataron a 14 que protegían el parlamento y la torre de televisión estatal de los tanques soviéticos dentro de una estrategia de escudos humanos muy popular en la época. Ese Domingo sangriento se considera el punto de no retorno del hundimiento moral de la URSS.

El golpe de Estado del 19 de agosto de 1991 en la URSS que pretendía revertir la transición hacia el liberalismo capitalista aceleró el plazo que las repúblicas bálticas se habían concedido para desvincularse de Moscú. De forma casi automática, bajo la amenaza de los tanques de los golpistas rusos, los países bálticos reclamaron su independencia y la comunidad internacional la reconoció.

Desde entonces, los bálticos se han integrado en la Unión Europea, la OTAN y todo lo que sonara antisoviético. Los tres países han alcanzado notables niveles de bienestar e integración en la comunidad internacional, pero viven obsesionados con la amenaza rusa, tenga ésta la forma de un conflicto bélico del estilo del ucranio o pequeños aguijonazos desestabilizadores como ciberataques, bloqueos económicos o conflictos étnicos. Estos últimos se explicarían por el hecho de que los tres poseen una notable población de origen ruso a la que miran de reojo. La relación con esta minoría es motivo contante tanto de roces con Moscú como de sobrerreacciones y atropellos administrativos varios.

http://internacional.elpais.com/internacional/2014/10/23/actualidad/1414077955_492387.html

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Re: 25 aniversario de la caida del Muro de Berlin

Mensaje por Von Leunam el 8/11/2014, 8:28 pm

EL ESTE SE TRANSFORMA

Polonia, el primero del curso del Este



Los polacos se han sentido históricamente llamados a las grandes hazañas. Teniendo en cuenta ese precedente, se entiende que encaja bien con su concepción de sí mismos el haber sido los encargados de inaugurar el ciclo de inestabilidad política que se llevó por delante el Muro de Berlín y el bloque comunista de Europa Oriental. Y entre todos los polacos, el sindicato Solidarność (Solidaridad) fue el gran protagonista de esa historia, aunque para encontrar las raíces del movimiento de descontento con el régimen hay que cavar un poco más profundo. Retomando el espíritu de los precedentes de 1944 y 1956, en 1970 el país ya vivió una explosión de huelgas por culpa de las subidas de precios de los alimentos. Las protestas se reprimieron a base de tiros y murieron 39 obreros. Diez años después se repitió el guion: comida más cara y protestas. El propio Leonid Breznev se preocupó al enterarse de que los ferroviarios del estratégico nudo de Lublin se negaban a trabajar, pero Polonia decidió no movilizar al Ejército. La oposición tomó nota del gesto.

En 1980, en la ciudad portuaria de Gdansk un electricista llamado Lech Wałęsa promovió junto a otros obreros de los astilleros un sindicato clandestino cuya principal demanda era la constitución de uniones obreras independientes del Partido Comunista, como las que ya existían en Yugoslavia. Los implicados en la aventura eran sobre todo obreros católicos con pocas simpatías hacia el comunismo. Gracias a su buena organización y al apoyo de la Iglesia y el Papa polaco (Juan Pablo II ocupaba el puesto desde 1978), que pronto comprendieron que Solidaridad era una cuña perfecta para insertar en las grietas del régimen, el sindicato alcanzó pronto una proyección sorprendente. Sus líderes protagonizaban toda clase de actos heroicos que atrajeron la atención de los ciudadanos, como encierros en minas, huelgas y demás desafíos al Partido Obrero Unificado Polaco (POUP). Llegaron a convocar un congreso tolerado por el Gobierno, y a finales de 1981 parecían una fuerza imparable, con nueve millones de simpatizantes.

Hasta que el 13 de diciembre de 1981, el presidente del Gobierno, el Mariscal Wojciech Jaruzelski declaró la ley marcial y encarceló a la mayoría de los dirigentes de Solidaridad, que fue prohibido el 8 de octubre de 1982. Obligada a volver a sus orígenes, Solidaridad persistió como una organización clandestina, y continuó acumulando poder hasta que, apenas cinco años después, ya tenía fuerza suficiente para doblarle la mano Jaruzelski y la agenda de reformas que había impulsado ante la presión que ejercían las circunstancias. Una exitosa andanada de huelgas en 1988 forzó al Gobierno a negociar con Solidaridad, que empezaba a consolidarse como estructura política más allá de la acción sindical. Consciente de que la represión que debería de practicar no podría ser pequeña si aspiraba a doblegar al movimiento social que Solidaridad había lanzado, Jarulzeski abrió unas negociaciones que abriesen las puertas del Gobierno a algún líder no comunista. Desde el 6 de febrero al 4 de abril de 1989 el Gobierno, el sindicato y demás grupos de opositores negociaron con una libertad inaudita. La oposición no sólo logró los que hasta hacía poco eran sus sueños más locos, como era la consecución de sindicatos autónomos: también presentó sus pretensiones de una transición democrática y unas elecciones libres para el país. En un exceso de confianza, se dice que estimulado por un Gorbachov que veía en el caso polaco la oportunidad de experimentar en carne ajena los límites de las políticas aperturistas, el Gobierno cedió y firmó los llamados Acuerdos de la Mesa Redonda.



Las elecciones se celebraron el 4 de junio y fueron sólo parcialmente libres. En el Parlamento se crearon 161 escaños para ser disputados entre los contendientes, pero se reservaron los 299 que ya existían para el POUP. A cambio, se creó un nuevo senado con 100 flamantes escaños que serían para el que más votos consiguiera. El POUP nunca pudo imaginar que, teniendo el monopolio de los medios de comunicación, los candidatos patrocinados por Solidaridad fueran a ganarles 160 contra 1 en el Parlamento, y 99 a 0 en el Senado (el escaño restante fue para un opositor independiente).

Desmoralizados, los diputados comunistas se desbandaron, mientras los más reformistas del POUP comenzaron a presionar para ir más allá en las reformas. A todo esto, la URSS se colocó de perfil y no quiso oír hablar de ningún tipo de intervención militar. El resquebrajamiento de la mayoría comunista permitió que el 24 de agosto de 1989 se instituyera el primer Gobierno no comunista desde 1948, presidido por el periodista y miembro de Solidaridad Tadeusz Mazowiecki. Éste forzó unas elecciones presidenciales en 1990 que fueron un paseo triunfal de Lech Wałęsa, dándole así la oportunidad de demostrar que era mucho mejor en la tarea de organizar revoluciones que dirigiendo un país democrático.

Desde entonces, a un ritmo constante pero imparable, Polonia no ha parado de crecer en el plano internacional. La suya es una historia de éxito que a la Unión Europea le gusta escuchar una y otra vez. Tras una época de gran crudeza, con salvajes recortes en el Estado de bienestar y el empleo, su economía reflotó apoyándose en trabajadores baratos y muy codiciados, entre otras cosas gracias a un excelente nivel educativo. El país ha practicado la alternancia política con relativa naturalidad, y sus cuentas la han aupado a la cabeza de las economías continentales. La UE ha premiado su creciente influencia política (principalmente como portavoz del ala más crítica con los movimientos de Rusia) concediéndole en 2014 a su último primer ministro, el liberal y exmiembro de Solidaridad Donald Tusk, la presidencia del Consejo Europeo. Durante años la mano de obra polaca ha funcionado como el hombre del saco en el relato de los sindicatos europeos, que veían en ella una competencia desleal. Sin embargo, Polonia ha demostrado que tenía algo más que fontaneros baratos: capeó bien la última crisis y la explosión de su economía parece aterrizar suavemente, sin grandes batacazos en el horizonte. Debido a la orientación extremadamente liberal en lo económico que ha asumido el país, las principales víctimas han sido sus servicios sociales y de salud. Su juventud, altamente cualificada, también ha demostrado tendencia a la aventura, en gran medida presionada por el alto desempleo y los trabajos precarios que encuentra en casa. El reto polaco ahora es consolidarse y demostrar que el título de primera de la clase no ha sido un regalo con fecha de caducidad.

http://internacional.elpais.com/internacional/2014/10/23/actualidad/1414076064_841902.html

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Re: 25 aniversario de la caida del Muro de Berlin

Mensaje por Von Leunam el 8/11/2014, 8:30 pm

EL ESTE SE TRANSFORMA

Checoslovaquia, terciopelo rojo



Primavera, terciopelo… Checoslovaquia siempre ha tenido fama entre sus vecinos del Este de ser tierra de gente con carácter suave, poco dada a la cólera indomable ni las efusiones sanguíneas. Si bien este argumento puede rebatirse fácilmente recurriendo a las tres famosas defenestraciones de Praga (cuatro, si se incluye la del ministro de Exteriores Jan Masaryk, único no comunista en el Ejecutivo en 1948), es cierto que en la edad contemporánea tanto el proceso de fin del régimen comunista como el divorcio de checos y eslovacos fue un ejemplo de templanza.

Tras reponerse del trauma de 1968, en 1977 comenzó a hornearse un nuevo descontento en Checoslovaquia. Los vientos aperturistas de la perestroika que despeinaron el flequillo de las dictaduras de Europa Central no llegaron al país. Hasta tal punto esto fue así que en 1987 Gorbachov concluyó una visita oficial pidiéndole en público al Gobierno checoslovaco un poco menos de ortodoxia marxista. Éste hizo caso omiso y, mientras los Gobiernos de la RDA, Polonia y Hungría intentaban controlar el huracán a base de reformas, ni una hoja se movió en Praga. En 1989 la población ya sabía que algo importante estaba ocurriendo en los países de alrededor. Informaban las radios extranjeras, pero también tímidamente los diarios nacionales. La oposición lanzó una ola de protestas, animados por la corazonada de que el Gobierno de Gorbachov no intervendría en los países del Pacto de Varsovia para cortar cabezas.



El 16 y el 17 de noviembre de 1989 la policía sofocó a golpes protestas estudiantiles en Bratislava y Praga, provocando un maremoto de simpatías que empezó por huelgas en los teatros y cines, se transmitió a los medios de comunicación y rompió en una huelga general diez días más tarde. Capitaneando todos estos descontentos emergió el Foro Cívico, que dirigía el reputado dramaturgo Václav Havel. El Partido Comunista de Checoslovaquia comenzó a desgarrarse entre los sectores más ferozmente inmovilistas (el de Gustáv Husák) y el que sólo era inmovilista (el de Ladislav Adamec).

Los capitostes checoslovacos solicitaron ayuda a la URSS sin demasiado éxito y, tras la demostración de vigor popular que significó la huelga, se vieron obligados a pensar que a lo mejor sus gobernados no seguían teniendo a esa altura de la película tan buen carácter como esperaban. Gustáv Husák dimitió el 10 de diciembre de la presidencia de la República. Los acontecimientos se precipitaron y, antes de finalizar el año, Havel ya era jefe de Estado. En junio de 1990 se celebraron elecciones democráticas en las que se impusieron el Foro Cívico y el Foro Público Contra la Violencia, variante eslovaca del primero.

En una nueva demostración de sangre fría, poco después checos y eslovacos optaron por no seguir conviviendo. La unión de Bohemia y Moravia con Eslovaquia se había mantenido con algún mínimo disgusto desde el fin la Primera Guerra, pero no era un matrimonio feliz; tampoco conflictivo. Tras el fin del comunismo, en unos años de cierto caos hormonal en los que la euforia y la depresión se sucedían, el auge del nacionalismo eslovaco se convirtió en un fenómeno difícil de gestionar. Tanto los irredentos eslovacos como los mucho más acaudalados checos comenzaron a pensar que les podía ir mejor por separado o conviviendo de una forma más laxa. Se barajaron opciones varias, pero en un momento dado tirar por la calle del medio se impuso como la opción más cómoda. Con más tristeza que entusiasmo, en un proceso parlamentario que no implicó votaciones populares, ni manifestaciones, ni grandes muestras de alegría o descontento, los partidos decidieron firmar el desmembramiento.



El 1 de enero de 1993 los dos países se separaron en lo que se llamó el Divorcio de terciopelo, aun a riesgo de estar abusando de las referencias a la afabilidad local. Václav Havel se convirtió en el primer presidente de la República Checa; y Vladimir Meciar, de Eslovaquia. En un primer momento no les fue tan bien en lo económico como habían esperado, pero las relaciones nunca se volvieron amargas. Como símbolo de que se mantenían en buena forma, en 2004 los dos países se incorporaron conjuntamente a la Unión Europea y la OTAN. Ahora ambos son miembros de la Zona euro, del espacio Schengen y figuran entre los mejores alumnos de los Veintiocho gracias a sus buenos índices de crecimiento, de calidad democrática y la apuesta que han hecho por las nuevas áreas de la economía. A pesar de que la República Checa sigue siendo ostensiblemente más rica que Eslovaquia (su PIB es el doble, su tasa de paro es la mitad), las diferencias entre ellas no son dramáticas (la distancia en su PIB per cápita es menor a mil euros, respectivamente un poco por encima y por debajo de los 20.000 euros).

http://internacional.elpais.com/internacional/2014/10/23/actualidad/1414076622_183825.html

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Re: 25 aniversario de la caida del Muro de Berlin

Mensaje por Von Leunam el 8/11/2014, 8:32 pm

EL ESTE SE TRANSFORMA

Hungría, huida de una casa con ventanas



Hungría arrastró durante toda su etapa comunista un cierto síndrome de extrañamiento. Hasta la Primera Guerra Mundial habían sido parte del refinado Imperio Austrohúngaro y, durante la Segunda, al almirante Miklós Horthy se le ocurrió que la mejor forma de recuperar el viejo esplendor sería aliarse con Adolf Hitler. Es cierto que durante cinco meses de 1919 en Budapest se declaró la segunda República Socialista que existió nunca en el mundo, pero la experiencia sirvió más de vacuna que de acicate; eso sin hablar de la compleja relación del país con sus vecinos del mundo estavo. Con esta combinación de antecedentes, lo último que podían imaginar los húngaros es que iban a acabar dentro del Pacto de Varsovia. A pesar de purgas y barbaridades varias, la sensación de irrealidad fue tan sostenida que en 1956 el primer ministro comunista Imre Nagy permitió a la ciudadanía levantada en armas caer en el error de que consegurían retirarse voluntariamente del club de amigos de Moscú para cambiarlo por un Occidente que les prometía libertad y prosperidad. Ante la ocurrencia, el Ejército Rojo intervino de inmediato y ahogó el plan en la sangre del propio Nagy y 3.000 compatriotas más. Heredó el poder János Kádár, dirigente que se había alineado del lado de la URSS frente a la intentona aperturista, pero ni aun así los húngaros terminaron de asumir que eran parte de un comunismo que hacía tan poco veían como ajeno a su ADN histórico.

Para evitar nuevos sarampiones, Kádár estableció una agenda relativamente reformista mediante la cual fue orientando el país hacia una economía de mercado. Creó un peculiar sistema en el que convivían el marxismo-leninismo y concesiones económicas que permitían que el nivel de vida de la población estuviese por encima del de sus aliados del Este. Mientras que con la mano derecha favorecía el establecimiento de pequeñas empresas y ciertos contactos con Occidente, con la izquierda se garantizaba el férreo control político del país. Algunos llamaron al invento kadarismo, otros prefirieron el término de “comunismo gulash” en referencia al potaje húngaro en el que cabe cualquier ingrediente. En cualquier caso, Kádár pareció ser el primero en creerse ese chiste de la época que decía que Hungría era el barracón más cómodo del campo comunista. Gracias a este relativo confort y a la sombra del garrote soviético, los húngaros se mantuvieron en calma durante veinte años más, pero la situación económica comenzó a deteriorarse a mediados de los ochenta a la misma velocidad que se desvanecían las fuerzas de Kádár. Vivir en una casa con ventanas permitió a los locales comprobar que su país estaba quedándose rezagado respecto a los vecinos capitalistas.



En 1988 Kádár cedió el poder a Károly Grósz, esperando que una nueva dirección del Partido Socialista Obrero Húngaro (PSOH) enfrentara mejor la crisis. Grósz intentó contentar a todos y no consiguió hacerlo con nadie. Aceptó impulsar reformas capitalistas pero sin pasar por el multipartidismo y la pérdida del poder hegemónico. Mientras unos en el PSOH le decían que estaba yendo demasiado lejos, otros como su primer ministro, Miklós Németh, vivían convencidos de que se estaban quedando kilómetros por detrás de lo que era necesario para evitar una explosión de descontento. A partir de entonces el proceso de apertura se convirtió en un extraño baile de salón cuyos pasos cambiaban sin avisar a nadie.

El picnic que el 19 de agosto de 1989 permitió que a través de Hungría huyeran 600 alemanes del Este fue quizá el mejor ejemplo de la técnica de la confusión fomentada por la cúpula comunista. Todo un aperitivo de la caída del Muro de Berlín, el picnic se organizó gracias a una concesión a Nemeth del presidente de la URSS, Mijaíl Gorbachov. Gorbachov autorizó a Budapest para que desmontase la vigilancia electrónica a lo largo de la frontera con Austria, y la oposición organizó una merendola para celebrar el rencuentro con el pueblo austriaco, antiguo compañero de Imperio. Ciudadanos de la RDA que habían llegado a Hungría supuestamente de vacaciones se escaparon con sus cestas y sus mantitas de cuadros por el hueco en la alambrada.

Ante el silencio de Moscú, el 10 de septiembre Budapest anunció la apertura de sus fronteras con Occidente. Németh aceptó que ciudadanos de Alemania Oriental usaran Hungría como escala en su huida del comunismo. Muchos años después Helmut Kohl, primer ministro por entonces de la RFA, desveló que el truco de magia le costó a Alemania un crédito de 500 millones de euros acordado con Nemeth en una reunión secreta en el castillo de Gymnich. La inversión rindió de inmediato y en dos meses más de 60.000 alemanes orientales llegaron a la tierra prometida vía Hungría.

Los reformistas del PSOH continuaron lanzándole retos al ala conservadora de Grosz. El desafío de mayor repercusión fue la rehabilitación pública de Imre Nagy y su fallida sublevación de 1956. En un funeral de Estado impensable unos meses antes, 100.000 personas rindieron sus respetos a las víctimas de la represión soviética.

Los reformistas se impusieron en el Congreso del PSOH de octubre de 1989. Modificaron la Constitución para adaptarla al multipatidismo y reformar el Estado. Finalmente convocaron elecciones libres en mayo de 1990. Nemeth perdió contra el líder del grupo de oposición nacionalista y democristiana Foro Democrático Húngaro, József Antall, elegido primer gobernante no comunista de Hungría desde 1948.

Hungría no tardó en estrechar lazos con Europa occidental, se unió a la OTAN en 1999 y a la Unión Europea el 1 de mayo de 2004. Visto que ya había recorrido parte del camino hacia el capitalismo liberal, las perspectivas de Budapest parecían de las mejores entre las de los países del bloque comunista. Sin embargo los primeros pasos económicos del Gobierno de Antall fueron titubeantes. Las cuentas se desplomaron con tasas de decrecimiento del 18%, la deuda se disparó, las exportaciones no arrancaban, y las subvenciones sociales se redujeron a mínimos. A pesar de que en los primeros años del siglo XXI el país pareció levantar cabeza y sumarse a la ola general de crecimiento, quedó rezagado. La última crisis económica se cebó con el país, y Hungría fue el primer socio de la UE que necesitó un rescate del FMI. El problema de la deuda doméstica arruinó a muchas familias que contaban con préstamos bancarios asociados a monedas extranjeras (euro, yen, franco suizo...) y que con la devaluación del forinto vieron hasta duplicada la cantidad que adeudaban. Hoy, a pesar de que ha retomado una buena marcha, la economía húngara tiene un peso similar a la rumana, tomando Bucarest como ejemplo de Estado excomunista con condiciones de partida más complicadas.

Hungría no se plantea adoptar el euro como moneda hasta 2020, según declaraciones de Víktor Orbán, su primer ministro y una de las figuras más controvertidas de Europa. Este mismo año, el liberal que fue uno de los oradores en el funeral de Imre Nagy en 1989 anunció que el nuevo proyecto de su país es convertirse en una “democracia iliberal”. Entre ejemplos exitosos de este modelo citó a Singapur, China, India, Rusia y Turquía. A ojos de Orban, el mérito de estas radica en que no imitan el liberalismo occidental pero gozan de éxito económico, lo que parece ser el objetivo de una Hungría que, de nuevo con la mirada puesta en su vieja historia imperial y defensora explícita de los valores cristianos, parece que hay días que se siente sólo medio cómoda en el proyecto de la Unión Europea.

http://internacional.elpais.com/internacional/2014/10/23/actualidad/1414077329_481458.html

Von Leunam
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Re: 25 aniversario de la caida del Muro de Berlin

Mensaje por Von Leunam el 8/11/2014, 8:33 pm

EL ESTE SE TRANSFORMA

Rumania: revolución contra el comunismo teñida de rojo



Bucarest. Octubre de 2014. Una pareja recorre los pasillos de un hipermercado del centro de la capital rumana. Comienzan frente a uno de los estantes, lleno a rebosar, y van llenando su cesta roja: dos latas de tomate envasado, una botella de vino, tres envases de macarrones de una conocida marca italiana, un tetrabrik de leche. Son las 23h y en el enorme comercio de dos plantas de Piaza Uniri, abierto las 24 horas, apenas queda un puñado de compradores tardíos. Además de la pareja, tres hombres con ropas polvorientas y zapatos muy gastados hacen cola en la sección de comida preparada. Dos de ellos han comprado ‘sarmale’ –hojas de col rellenas de carne picada, uno de los platos tradicionales—. Se lo comerán en la calle o, con suerte, en los soportales del parking del centro comercial. No tienen casa.

La escena hubiera sido imposible hace 25 años. Durante la dictadura comunista de Nicolae Ceaucescu (1918-1989), sobre todo en la última etapa, la escasez era tal que las tiendas --todas propiedad del estado— no tenían qué vender; en sus estantes vacíos solo había polvo. Tampoco estaba bien visto ‘pasear’ a horas tardías –de hecho no existían apenas farolas que lo permitieran-- y, oficialmente, no había personas sin techo, cualquiera en situación de desempleo o que hiciera amago de vivir en la calle (se ‘asignaba’ casas a las familias) era automáticamente trasladado a uno de los puestos asignados por el régimen: una mina, una fábrica... Hoy, las luces de neón, los centros comerciales, las tiendas y restaurantes de cadenas internacionales no dejan de florecer en la mayoría de las ciudades rumanas. De la ausencia total a los servicios comerciales ‘non stop’. Aunque con sus luces y sus sombras. Porque Rumanía (miembro de la OTAN desde 2004) es, junto con Bulgaria, el país más pobre de la UE (de la que forma parte desde 2007). El proceso real de transición del comunismo al capitalismo ha sido largo y agotador.

No empezó ni mucho menos cuando Mijail Gorbachov empezó a hablar de apertura y de perestroika. Ni cuando el dictador vecino, el veterano Janos Kader, hizo las maletas en Hungría. Poco después, caía el Muro de Berlín. El sonido de sus escombros llegó hasta muchos rumanos, de tapadillo, a través de las ondas de Radio Europa Libre. Pero el dictador –el ‘conducator’, como se hacía llamar— y su esposa y ‘número dos’, Elena, ignoraron no solo las indirectas (o directas, según algunos historiadores) del ruso; también que, como piezas de dominó, aquellos que habían manejado los hilos en el bloque del Este caían. Uno tras otro.



El 17 de diciembre de 1989, algo más de un mes después del derribo del muro que dividía la oriental República Democrática Alemana de la República Federal de Alemania, empezaron a llegar vientos de cambio a Rumania. Cientos de ciudadanos se manifestaron por las calles de Timisoara (oeste del país) para protestar por el desahucio de Lazslo Tokes, un pastor evangélico que había sido crítico con el régimen. Una movilización absolutamente inédita en una sociedad ahogada por la represión y el miedo al ejército y a la ubicua Policía de Inteligencia, la temida Securitate. Una policía, recuerda el historiador Ion Lazarescu, que también estuvo presente, por supuesto, en esa manifestación. Ahí estaban y el Gobierno les ordenó disparar contra los ciudadanos. Hubo decenas de muertos. “Eso agudizó la mecha de la protesta que empezó a extenderse a otras ciudades del país”, explica.

“La gente estaba exhausta. Llevaban meses, años, sometidos a un férreo racionamiento de los alimentos, de medicamentos, de la electricidad y hasta del agua. Mientras, veían al dictador y a su esposa vestidos con abrigos de piel y sin ningún síntoma de estar pasando hambre”, apunta Lazarescu. Cada rumano podía disponer al mes de medio kilo de carne, cinco huevos, un litro de aceite y medio kilo de azúcar. Un racionamiento feroz que hizo florecer un mercado negro donde los precios eran abismales. “Para poder sobrevivir muchos de nosotros trabajábamos en dos sitios, el oficial, que teníamos asignado, y en aquello que encontrábamos: remendando zapatos, por poner un ejemplo”, cuenta Luminita Popa por teléfono desde Pitesti. Esta profesora de Secundaria en la cincuentena vivió la revolución en esa ciudad, a unos 100 kilómetros de Bucarest. Los ciudadanos en Rumanía vivían hundidos en la miseria. El país exportaba casi todo todo lo que producía para generar divisas y lograr pagar los más de 12 millones de dólares de deuda externa.

Pero Ceaucescu, el megalómano que, entre otras cosas, derribó barrios enteros para construirse en Bucarest lo que quería que fuera el palacio más grande del mundo –casa Poporului, la casa del pueblo --, no supo (o no quiso) oler ese hambre. Y, el 21 de diciembre, recién llegado de un viaje a Irán, convocó una asamblea del Partido Comunista Rumano en Bucarest en la que aspiraba a cosechar las muestras de apoyo ciudadano ante lo ocurrido en Timisoara. Su cara ante las consignas que empezaron a gritar contra él muchos ciudadanos fue de estupefacción total. “¡El pueblo somos nosotros!”, “¡Abajo el dictador, muerte a los criminales!”, gritaban. Muchos llevaban banderas de Rumanía, pero les habían recortado –o arrancado-- el escudo con el escudo, insignia comunista.

Ante los gritos, las fuerzas de seguridad cargaron contra los ciudadanos, que ocupaban ya gran parte del centro de Bucarest. Los choques no cesaron. El 22 de diciembre, Ceaucescu decidió hacer un segundo intento con otro discurso dirigido a la nación desde el balcón del Comité Central del Partido Comunista Rumano. Los gritos de la multitud apenas le dejaron articular unas frases. El ‘conducator’, además, no sabía que miembros de su gobierno ya habían ordenado al ejército volver a sus cuarteles; y muchos militares empezaron a unirse a los manifestantes. Ceaucescu y su esposa, Elena, decidieron huir.



El helicóptero en el que viajaban no fue muy lejos y el “hermano lozano” y la “primera científica de Rumania” –como se presentaba ella-- fueron apresados en Targoviste, a 70 kilómetros de Bucarest. Se les sometió a un juicio sumarísimo con un improvisado tribunal militar. El día de navidad, fueron condenados por “genocidio, daños a la economía nacional, uso de la fuerza contra civiles y enriquecimiento injustificable” y ajusticiados. Las imágenes del proceso y de sus cuerpos desmadejados se difundieron por televisión y dieron la vuelta al mundo. Berna González Harbour, que cubrió la revolución rumana en EL PAIS, contó que la televisión más triste, que solo emitía dos horas al día y siempre programas de loa al régimen o discursos del dictador, se reinventó: “Bajo el nombre de ‘Romania Libera’ se convirtió en la plataforma palpitante de una revolución que sembraba las calles de banderas tricolores con un agujero emblemático”.

Una revolución sin embargo que cosechó alrededor de un millar de muertos y más de 3.000 heridos. La rumana, que derrocó al último dictador comunista de Europa, fue la única en la que hubo sangre. También Rumanía fue el único país, apunta el historiador Lazarescu, en el que, tras la caída del muro, los comunistas continuaron gobernando durante años. Con una oposición prácticamente inexistente debido al férreo control de la Securitate, algunos miembros de la vieja ‘nomenklatura’ que habían maniobrado contra Ceaucescu –algunos aseguran que prepararon su caída-- se mantuvieron en el poder.

http://internacional.elpais.com/internacional/2014/10/23/actualidad/1414064936_369171.html

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Re: 25 aniversario de la caida del Muro de Berlin

Mensaje por Von Leunam el 8/11/2014, 8:34 pm

EL ESTE SE TRANSFORMA

Bulgaria, bajo la bandera de la ‘ecoglasnost’



En un cuarto de siglo, Bulgaria ha pasado de ser el aliado más fiel de la Unión Soviética al farolillo rojo de la Unión Europea, así que no es de extrañar el descontento de la ciudadanía, que ya en 2009, víctima de una fatiga reformista, consideraba que bajo el comunismo se vivía mejor. Ese año, cuando a diferencia de otros vecinos del Este los búlgaros celebraron sin pena ni gloria el vigésimo aniversario de la caída del Muro, el grado de aprobación de la transición de la dictadura a la democracia había caído 24 puntos, hasta un raspado 52%, desde una satisfacción inicial del 76%, según un informe de Pew Research. La sensación de que el proceso, pacífico pero extenuante, aún no ha terminado se traduce en la larga cadena de huelgas y movilizaciones y, por ende, en la inestabilidad política que acarrea el país, en especial desde la caída del Gobierno conservador de Boiko Borisov en febrero de 2013, a consecuencia precisamente de una oleada de protestas por el alto precio de la luz.

Como no podía ser de otra manera, tratándose del discípulo más aplicado del Kremlin, el dictador Todor Yivkov —líder desde 1954, decano de los dirigentes del bloque soviético— renunció al poder sólo un día después de que cayera el Muro. Pero lo hizo a regañadientes, inducido por Moscú y arrollado en la práctica por un golpe de Estado palaciego de funcionarios que, bajo distintas siglas, se las arreglaron para permanecer en el poder hasta 1997. La metamorfosis fue automática: al partido único (900.000 militantes en una población de casi nueve millones) le llevó semanas reconvertirse en el Socialista de Bulgaria (PSB) para, de la mano del también reciclado Petar Mladenov, nombrado presidente en abril de 1990, ganar las primeras elecciones libres dos meses después. La autosucesión comunista —similar a la de sus correligionarios rumanos tras el final abrupto de Ceaucescu— fue agrietándose con la progresiva aparición en escena de partidos de centroderecha. El GERB, liderado por Borisov, ha resultado el más exitoso, si bien incapaz de lograr una mayoría suficiente en las últimas elecciones de octubre.

En los días de la caída del muro de Berlín, junto a tiendas desabastecidas, olores rancios, químicos; oscuridad y silencio insondables y cirios encendidos en una repentina epifanía de las iglesias, el aire en las ciudades búlgaras –con Sofía, la capital, a la cabeza- tenía la presencia amenazante de un manto de ceniza. La contaminación, principal legado de la industrialización forzosa, desempeñó un papel notorio en las pacíficas protestas que coadyuvaron al final del régimen. Porque la primavera búlgara, la preustroitsvo (perestroika), tuvo su marca propia, la ecoglasnost, nombre de la organización que enarboló la bandera medioambiental y vehiculó el hastío social sacando a las calles de Sofía hasta a 50.000 personas en noviembre de 1989.



Durante años, las dos plantas metalúrgicas que rodeaban la capital descargaron toneladas de partículas contaminantes sobre la ciudad; un informe del propio Partido constataba que casi el 60% de la tierra cultivable del país era ponzoñosa. Cuando los comunistas tomaron el poder, en 1944, Bulgaria era una sociedad agrícola. En 1989, el 60% de la población vivía en las ciudades. En su libro La primavera del Este, Manu Leguineche recogió el testimonio de Ana, una vecina de Sofía que sufría graves dolores de cabeza cada vez que salía al campo: “Fui al médico y me dijo que la ausencia de contaminación me afectaba; que les pasaba a muchos de los habitantes de Sofía, que les perturbaba la ausencia de contaminación, la limpieza del aire”, relata.

El modelo de industria pesada derivado de una economía estatista ha dejado una huella indeleble, y condicionado incluso el ingreso del país en la UE, en 2007: Sofía tuvo que cerrar cuatro de los seis reactores de la planta nuclear de Kozloduy, que produce un tercio de la electricidad del país, como precio por la incorporación al club europeo.

Pero las manifestaciones que jalonaron el fin del régimen no fueron sólo de índole ecológica; o, como en los países del entorno, política. Muchos de los manifestantes que en el otoño de 1989 se echaron a las calles lo hicieron por derechos civiles tan básicos como la supresión del impuesto a la soltería. El régimen penalizaba a los solteros para incitarlos al matrimonio y la procreación, con objeto de contrarrestar la pujanza demográfica de la minoría turca (el 10% de la población); pero también imponía tasas por tenencia de animales domésticos, esas manifestaciones tan afectas al surrealismo socialista. Hasta la cera de los cirios estaba prohibida, mientras las gacetas eclesiásticas celebraban los aniversarios de Lenin y los monasterios ortodoxos eran reconvertidos en hoteles.

El comunismo xenófobo de Yivkov se perpetuó al grito de “turcos a Turquía”. Y el malestar de la mayor minoría étnica de los Balcanes contribuyó a su manera a la caída del régimen. En 1984, los “musulmanes búlgaros”, como eran denominados —mentar al turco era mentar la bicha, tras cinco siglos de dominación otomana—, fueron conminados a cambiar sus nombres originales por otros eslavos; se les prohibió hablar su idioma y la práctica de la circuncisión. En mayo de 1989, protagonizaron la mayor manifestación contra el régimen desde la guerra, que la policía reprimió a tiros, y en agosto, rendidos a la evidencia de un poder aún omnímodo, iniciaron un éxodo que sacó del país a más de 320.000 personas. Sin embargo, desde la caída del Muro, el partido de la minoría turca Movimiento por los Derechos y las Libertades (DPS) es clave en la formación de Gobierno, como demuestran los resultados de las últimas elecciones.



Desde el ingreso de Rumanía y Bulgaria en la UE, Bruselas mira con lupa todo lo relacionado con la corrupción y el crimen organizado, dos fenómenos que, para muchos, han eclosionado con la transición. Pero no ha sido así: ya en tiempos de Yivkov la estación central de tren de Sofía era el dorado del contrabando en la Europa del Este. El Istanbul Express llegaba cada mañana con una nueva provisión de mercancías, de medias de seda o vaqueros a medicinas, licores o perfumes falsos. Y en el bazar de Bitaka, a ocho kilómetros de la capital, se podía comprar de todo, “de una piedra de mechero a un misil nuclear”, cuenta Leguineche en el citado libro

Pero ese menudeo destinado a suplir carencias o fantasías de mercado era un juego de niños en comparación con los fraudes a gran escala que se multiplicaron con la liberalización económica. La insuficiencia de las reformas para atajar la corrupción y el crimen organizado provocó una airada respuesta por parte de la UE, sobre todo tras el asesinato, en 2008, de dos conocidos capos mafiosos, uno de ellos factótum de la industria nuclear, lo que destapó un escándalo de venta de secretos de Estado a bandas criminales. De hecho, la Comisión Europea suspendió ayudas por valor de cientos de millones de euros por la ineficacia del Gobierno para sanear la vida pública y combatir el crimen.

Durante la etapa comunista, en fin, Bulgaria se significó entre los países de su entorno por su fidelidad al Kremlin hasta el punto de ser conocida como la 16ª República de la URSS. Buena parte de ese agradecimiento se debió a la entrada del Ejército Rojo, que en 1944 protagonizó la "segunda liberación" del país al poner fin a tres años de ocupación nazi. En 1878 los rusos habían sido responsables de la primera, al liberar a Bulgaria del yugo otomano. Ese vínculo fraterno no se vio correspondido, empero, con un protagonismo relevante en la órbita soviética, y sí con un papel modesto, incomparable, por ejemplo, con el liderazgo internacionalista de Yugoslavia o con el glamour de la intelligentsia checa.

http://internacional.elpais.com/internacional/2014/10/26/actualidad/1414360737_822475.html

Von Leunam
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Re: 25 aniversario de la caida del Muro de Berlin

Mensaje por Von Leunam el 8/11/2014, 11:02 pm

EL ESTE SE TRANSFORMA

URSS-Rusia
Nuevos muros dividen Europa





El 25 aniversario de la caída del muro de Berlín es diferente a los otros cumpleaños del suceso considerado el símbolo por excelencia del fin de la Guerra Fría. Los conflictos entre Ucrania y Rusia no permiten pretender que el continente europeo avanza, aunque sea a trancas y barrancas, hacia la "Casa Común Europea" desde el Atlántico hasta Vladivostok, el camino que esbozó el líder de la URSS Mijaíl Gorbachov. En poco tiempo Europa ha retrocedido de forma acelerada en esa ruta apenas hollada hace un cuarto de siglo.

Alegando necesidades de defensa ante Rusia, el primer ministro de Ucrania, Arseni Yatseniuk, promueve el proyecto "Muro" consistente en unas instalaciones fortificadas, que incluyen también una muralla de tierra o terraplén, a lo largo de los 2.295 kilómetros de frontera con el vecino oriental, de los cuales, casi 300 kilómetros eran controlados por los insurgentes prorusos a mediados de octubre. En un puesto fronterizo de Járkov, Yatseniuk dijo que el Muro facilitaría la abolición de los visados con la UE y la integración en la OTAN, además de generar empleo. Más de mil personas, afirmó, se apuntaron para construirlo.

El año 1989 estuvo lleno de sucesos históricos para la Unión Soviética, donde la caída del Muro de Berlín no tuvo la misma importancia que en Occidente. En la URSS el corte simbólico entre dos épocas se produjo en agosto de 1991 cuando varios altos cargos del régimen dieron un golpe de estado y con ello el tiro de gracia al Estado que intentaban salvar. Las 15 repúblicas integrantes de la URSS evolucionan ahora en distintas direcciones y en algunas fronteras en Asia Central y en el Cáucaso, antes divisiones administrativas, hay campos de minas.

Sondeos del centro Levada realizadas en enero pasado indican que, como hace cinco años, los rusos (el 33%) creen que la retirada de las tropas soviéticas de Afganistán fue lo más importante que ocurrió en 1989, seguida por la caída del Muro (25%) y la huelga de los mineros (16%). En Donetsk, algunos jubilados que protagonizaron aquellas huelgas, miran con horror como la violencia sacude su región.

"Las realidades defraudaron las expectativas", dice Andréi Grachov, ex portavoz de Gorbachov. "En el Este de Europa y la URSS creían que al otro lado del muro reinaban la abundancia, la democracia y la hospitalidad. Ahora están decepcionados al haber descubierto un mundo complicado, contradictorio y problemático, que los rechaza y que ha desplazado el muro desde Berlín a la frontera ruso-ucraniana. Descubren que la Casa Común Europea se construyó sin Rusia", afirma Grachov. "Los occidentales también se decepcionaron, al comprender que el Muro, además de defender los regimenes represivos del Este, protegía al mundo occidental de la pobreza, conflictos y nihilismo del Este. Al desaparecer la barrera, la riada humana amenazó el bienestar que Occidente daba por sentado", añade.

"El muro de Berlín fue un gran símbolo, al construirse y al destruirse", dice el político Serguéi Baburin, uno de los seis diputados del parlamento ruso que votaron contra la disolución de la URSS en diciembre de 1991. El día de la caída del muro, Baburin, por entonces era decano de la facultad de derecho en Omsk (Siberia) estaba como invitado en el parlamento soviético y recuerda que en el vestíbulo se trasmitían los sucesos de Berlín por televisión. "La mayoría de los diputados estaban encantados, pero yo no sabía si compartir el júbilo de los alemanes o irritarme porque comprendía que el muro no se erigió de forma casual, sino que impedía la guerra caliente en Europa. Ahora sé que la directiva de la URSS con Gorbachov al frente se esforzó por destruir el Pacto de Varsovia y la comunidad socialista. La euforia desconectó el inconsciente y alteró el sistema de coordenadas morales y políticas de la opinión pública", afirma. "Hoy comprendo que la destrucción del muro de Berlín fue una de las operaciones psicológicas claves para desmoralizar a los partidarios del socialismo en Europa del Este. La práctica mostró que los líderes de la civilización anglo-atlántica no querían construir la Casa Común Europea sino solo reforzar el portal donde reside la OTAN", afirma. Ante la "ingratitud" de Occidente, Rusia inició una "integración euroasiática", explica Baburin, que siempre estuvo por la reintegración de la URSS y la unión de Crimea a Rusia.

La idea de que occidente se aprovechó de la caída del muro está muy arraigada en Rusia. Los dirigentes rusos desconfían del acercamiento de la Alianza Atlántica a sus fronteras, recelan de los fines de la Defensa Antimisiles norteamericana y quisieran que Estados como Ucrania, Moldavia o Georgia dieran garantías de neutralidad. Las memorias históricas que cultivan los Estados postsoviéticos están en conflicto entre sí y esta desarmonía se agravó cuando Moscú, tras intentar liberarse de las cargas de un pasado colonial, asumió la herencia de la URSS. Los miedos de los pequeños Estados ante Rusia tienen como corolario el miedo de Rusia a verse cercada por un cinturón hostil. Ambos temores son reales y condicionan políticas y estrategias. Hace tiempo que la Guerra Fría está enquistada en los problemas territoriales no resueltos de la URSS, como la región del Trasndniéster, en Moldavia.

"Occidente podría haber ayudado y reforzado a Gorbachov en la cumbre del G7 de 1991 en Londres, cuando el presidente de la URSS pidió un plan Marshal para ayudar a la economía rusa, pero Occidente, y en primer lugar EEUU, consideraba que Gorbachov había agotado todos sus recursos y que Yeltsin tenía más perspectivas, porque era anticomunista y prometía cumplir con el papel de socio menor", dice Grachov. "Occidente no podía salvar a Gorbachov de los conflictos en su país, pero podría haber prolongado la vida de su proyecto y de la URSS", afirma.

"Las promesas que Occidente dio a Gorbachov de no crear nuevas infraestructuras ni llevar nuevas tropas ni armas de destrucción masiva afectaban al territorio de la RDA, fueron incluidas en el acuerdo con Alemania y se cumplen hasta ahora", afirma Pavel Paláshenko, el ayudante e intérprete de Gorbachov. "En 1989 existía aún el Tratado de Varsovia (la alianza militar de la URSS y sus socios europeos) y si Gorbachov hubiera planteado la no ampliación de la OTAN a países del pacto de Varsovia lo hubieran considerado loco. Hasta 1992, ni un solo país de la ex Pacto de Varsovia planteo el ingreso en la OTAN", puntualiza Paláshenko. "Es más cómodo echarle la culpa a Gorbachov que a Yeltsin, que fue la persona que llevó al poder al presidente actual", dice, insinuando que el Kremlin propicia estas tendencias.

Rusia descuidó a los "perdedores" de la "globalización" simbolizada por la caída del muro. Tras la retirada de las Fuerzas Armadas de Europa y los recortes en el Ejército, centenares de miles de uniformados se incorporaron a la vida civil. Se convirtieron en taxistas, vigilantes, guardaespaldas y sumaron su frustración a la de las clases medias incipientes arruinadas en las reformas de mercado. Flujos migratorios de eslavos procedentes de Asia Central vendían todas sus posesiones para comprarse un pasaje a Rusia, Ucrania o Bielorrusia. Aquellas penurias son el caldo de cultivo en el que se ha fortalecido Vladímir Putin, por ofrecer primero estabilidad y después la compensación psicológica y moral de intentar juntar los fragmentos dispersos del imperio.

"Gorbachov ha perdido actualidad. La población tiene una actitud negativa ante él, pero más tranquila que en los noventa", dice Lev Gulkov, director del centro Levada. La institución no dispone de cifras recientes, pero en 2010 predominaba la indiferencia (el 47% de los encuestados) combinada con la irritación (10%) y el desagrado (un 13%). En relación a la "Perestroika", un 55% creen que salieron perdiendo de aquel periodo de reformas, frente a un 35% que creen haber ganando, dice Gulkov citando cifras del pasado agosto. "La popularidad de la "perestroika" aumenta de año en año, pero de forma lenta", añade. En 1998-1999, antes de la llegada de Putin al poder, la cifra de quienes se veían como perdedores era del 75%.

Oficialmente la URSS fue disuelta por los líderes de las tres repúblicas eslavas el 8 de diciembre de 1991 en los bosques de Bielorrusia. Gorbachov estaba ya muy debilitado tras el golpe de Estado de agosto y no se resistió ni sacó el Ejército a la calle, como no había impedido en 1989 que cayera el muro. El rechazo a la violencia es uno de los rasgos que lo distingue de otros dirigentes rusos del pasado.

Vladímir Putin abrió de nuevo a Gorbachov las puertas del Kremlin, que Yeltsin le había cerrado. El presidente ruso y el ex presidente soviético se reunieron en varias ocasiones, pero sus citas se han espaciado y las relaciones de Gorbachov con el Kremlin son correctas, aunque fluctúan dentro del distanciamiento. Medios próximos al ex líder soviético opinan que el punto más bajo de la relación se dio en 2011 cuando Gorbachov declaró que Putin no debería volver a presentarse a las elecciones a la jefatura del Estado y criticó las irregularidades en los comicios.

Quizá el momento de mayor proximidad entre Gorbachov y el Kremlin se dio durante la presidencia (2008-2012) de Dimitri Medvédev, quien retomó algunas de las antiguas propuestas del líder soviético para una nueva arquitectura de seguridad en el continente europeo. En 2011 Medvédev condecoró a Gorbachov con motivo de su 80 cumpleaños y "como símbolo de respeto al Estado que usted dirigió, al Estado que fue nuestra patria común, la Unión Soviética".

El ex presidente soviético ha respaldado la incorporación de Crimea a Rusia, pese a la condena internacional de la anexión, y se ha manifestado en contra de las sanciones occidentales. "Para anunciar sanciones debe haber motivos muy serios que deben ser apoyados por la ONU. La expresión de la voluntad popular en Crimea y el (...) aceptar (la península) en la Federación Rusa en calidad de región no es tal motivo", dijo Gorbachov a Interfax. El "pueblo decidió corregir el error" de los dirigentes comunistas que unieron Crimea a Ucrania en 1954. "Esto hay que acogerlo positivamente y no declarar sanciones", porque es "una alegría y como tal hay que aceptarla".

En Moscú, el ex presidente de la URSS, de 83 años, acude a su despacho en la fundación que lleva su nombre. Allí estaba un día después de que una radio rusa sembrara la alarma alegando que su salud se había deteriorado.

Por motivos económicos la fundación ha reducido actividades y personal, tras rechazar las subvenciones y becas internacionales que, de acuerdo con la nueva legislación rusa, la hubieran obligado a definirse como "agente extranjero". Gorbachov costea gastos con sus propios recursos que también disminuyeron porque el líder soviético, por su salud, tiene una agenda más limitada. Gorbachov sigue fiel a si mismo. Nunca quiso ser un revolucionario; Es un socialdemócrata, partidario del "socialismo con el rostro humano", y se opuso la desintegración de la URSS. Intentó renovar ambas cosas, el Socialismo y el Estado--, y no lo logró.


http://internacional.elpais.com/internacional/2014/10/28/actualidad/1414484366_951511.html

Von Leunam
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Re: 25 aniversario de la caida del Muro de Berlin

Mensaje por Von Leunam el 8/11/2014, 11:04 pm

Este ultimo articulo me desperto el interes de conocer mas acerca del punto de vista ruso de la caida del muro y del fin de la URSS, si alguien tiene algun texto que pueda compartir; ademas el estimado Nitro quien es experto en temas rusos nos podria hacer el favor de ilustrarnos en este tema.


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Re: 25 aniversario de la caida del Muro de Berlin

Mensaje por Von Leunam el 10/11/2014, 10:00 pm

Berlín celebra en casa la libertad





Hasta la medianoche del 9 de noviembre de 1989, la Puerta de Brandeburgo, antes y ahora, el lugar más emblemático de la gran ciudad, estaba separada del resto del mundo por un muro de acero y hormigón: 25 años después, el famoso monumento se convirtió este domingo en el punto neurálgico de una gran fiesta popular que reunió a la población de Berlín y a miles de turistas, que llegaron a la ciudad para participar en las festividades que recordaron la caída del Muro un cuarto de siglo atrás.

A lo largo de varios cientos de metros, una multitud acudió a la cita que tuvo lugar en la avenida 17 de junio, una hermosa calle flanqueada por el parque de Tiergarten y que desemboca en la famosa Puerta de Brandeburgo, para festejar con una alegría poco común, un nuevo aniversario del fin del odioso Muro que dividió a la ciudad, al país y también, en forma simbólica, a toda Europa durante largos 28 años.

El punto culminante de la fiesta popular estuvo protagonizada por el alcalde de la ciudad, Klaus Wowereit. Cuando el político socialdemócrata dio la luz verde para que unos 7.000 globos luminosos, que habían sido colocados a lo largo de 15 kilómetros que marcaban el trazado del Muro desde la Bornholmerstrasse hasta el Oberbaumbrücke, se elevaran rumbo al cielo, en un acto que pretendía recordar que la ciudad quedó libre de ideologías totalitarias que condenaban al ciudadano a ser un prisionero en su propio país.

A lo largo de toda la jornada dominical, Berlín se convirtió en un gran parque popular en medio de la invasión de curiosos que deseaban ser testigos de una conmemoración que sigue cautivando a la opinión publica de todo el mundo.

El famoso Checkpoint Charlie, donde hace 53 años estuvo a punto de estallar la Tercera Guerra Mundial, era un hervidero de gente que pagaba dinero para fotografiarse al lado de dos jóvenes disfrazados de soldados estadounidenses. “Aquí se respiraba la Guerra Fría y ahora solo se respira alegría y recuerdos”, dijo Françoise Pérez, una parisina que llegó al legendario cruce fronterizo acompañada de su pareja, Robert, un ejecutivo alemán de 27 años que trabaja también en Berlín. “Es hermoso ver cómo ha cambiado la ciudad y también este lugar”, añadió la joven, ante los ojos atentos y cómplices de su novio.

En la hermosa y turística Pariser Platz, otro lugar emblemático de la ciudad y que está flanqueada por la Puerta de Brandeburgo, las embajadas de Francia y Estados Unidos y el famoso hotel Adlon, casi no cabía un alma en la tarde de este domingo, a causa de una iniciativa de la Oficina de Prensa del Gobierno Federal, que ofreció un espectáculo multimedia —“Viaje por el tiempo”—, que relataba la historia alemana del siglo XX con extractos originales de documentales elaborados por la televisión.

El casi olvidado pero histórico cruce fronterizo de la Bornholmerstrasse, donde el teniente coronel de la Stasi Harald Jäger tuvo la valentía de abrir, por primera vez, el Muro a una multitud, acogió como todos los años en este día una digna y solemne ceremonia en la que participaron los vecinos del lugar, que cada año se dan cita en el lugar para recodar la noche histórica.

Hace cinco años, acudieron a Berlín el entonces primer ministro británico, Gordon Brown, el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, su colega ruso, Dmitri Medvédev, y la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton. Todos pronunciaron sendos discursos en un escenario también construido ante la Puerta de Brandeburgo.

Pero este domingo, los organizadores de la gran fiesta popular, el Gobierno de la ciudad y el federal, optaron por una fiesta más ciudadana que institucional y diseñaron una celebración que debía plasmar la alegría por el nuevo Berlín sin Muro, la nueva Alemania y también la nueva Europa que comenzó a nacer cuando el Muro fue derribado por una revolución pacífica que no fue aplastada por el Ejército ruso.

Hubo velada musical, que se inició con la actuación del fundador de Genesis, el británico Peter Gabriel, que interpretó Heroes, canción escrita por David Bowie que recuerda un amor bajo las sombras del Muro y que el propio autor ya interpretó en un concierto que tuvo lugar en Berlín en junio de 1987, a escasos metros de la barrera que dividía las dos Alemanias. La fiesta musical tuvo un momento emotivo cuando la Staatskapelle de Berlín, la orquesta que dirige Daniel Barenboim, interpretó el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven, un magnífico telón de fondo musical que acompañó desde la tierra berlinesa el vuelo de los globos luminosos.


http://internacional.elpais.com/internacional/2014/11/09/actualidad/1415568982_990581.html

Von Leunam
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Re: 25 aniversario de la caida del Muro de Berlin

Mensaje por Von Leunam el 2/11/2015, 11:23 am

Günter Schabowski, el hombre que cambió la historia con tres palabras



Cuando en la tarde del 9 de noviembre de 1989 Günter Schabowski recibió un documento que habían aprobado el buro político y el comité central del partido comunista de la RDA para darlo a conocer a la prensa, se sobresaltó y solo le hizo un breve comentario a Egon Krenz, el político que había reemplazado a Erich Honecker en la cúpula del poder. “Egon, este es un notición para la prensa mundial”, le dijo, cuando leyó el decreto que hacia posible que todos los habitantes del país de obreros y campesinos pudieran viajar al entonces prohibido mundo occidental.

Ese dia, Schabowski, que murió el domingo en Berlin a la edad de 86 años, tuvo el privilegio de escribir un gran capítulo en la historia de su país y de Europa, a causa de un error involuntario y de una frase de solo tres palabras que pronunció en alemán casi al final de una tediosa rueda de prensa. “Ab sofort!, unverzüglich”, (¡De inmediato!, sin demora) respondió el portavoz a una pregunta que le formuló Peter Brinkmann, un periodista del periódico Bild, y que estaba sentado en la primera fila de la sala de prensa del Centro Internacional, una pequeña sala sin ventanas, después de leer el documento que había recibido de manos de Egon Krenz

“No era un pedazo de papel, como todo el mundo dice”, dijo Schawowski, que en ese día histórico detentaba el cargo de portavoz del comité central, en su último encuentro con periodistas extranjeros. “Yo fui la persona que anunció el contenido del decreto, pero nunca pensé en las consecuencias que traería consigo”. El muro de Berlín, la odiosa construcción de acero y hormigón que dividió a la ciudad y a Europa durante 28 años, se vino abajo esa noche a causa de esas tres palabras que no estaban incluidas en el guión original.

Pero el portavoz había cometido un error de una gran dimensión histórica:. No leyó la segunda página del decreto, en la que se establecía que la medida entraría en vigor a partir del día siguiente. La lectura del documento electrizó a Brinkmann, quien interrumpió la lectura con una pregunta. “¿Cuando entra en vigor?”. A partir de ese momento se produjo un caos en la sala y Schaboswki revisó sus papeles con desesperación.

“¿El permiso también es válido para Berlín Occidental?”, quiso saber otro periodista. Schabowski tampoco tenía una respuesta y después de revisar su legajo de documentos terminó de abrir el odioso muro con otra frase legendaria. “Las salidas permanentes se podrán realizar en todos los pasos fronterizos entre la RDA y la RFA, incluidos los de Berlín”.

Schabowski , a pesar de haber sido el protagonista de una rueda de prensa histórica, cayó rápidamente en desgracia, perdió su empleo de portavoz y su elegante casa en Wandlitz, donde vivían los jerarcas de la RDA. Terminó siendo condenado, en 1997, a una pena de tres años de cárcel por haber participado en una reunión del buró político en el que se autorizó a la policía de fronteras disparar contra los alemanes que intentaran huir del paraíso socialista.

Pero a diferencia de los otros acusados en el juicio, Schabowski tuvo la dignidad de reconocer su culpa, pidió disculpas por los crímenes cometidos y solicitó públicamente el perdón a los familiares de las victimas. “Como antiguo seguidor y protagonista de esa visión del mundo, me siento culpable y avergonzado cuando recuerdo a las personas que murieron en el muro”, dijo, cuando se inició el juicio.

Después de vivir un año tras las rejas, Schabowski fue indultado y logró volver a ejercer como periodista en un periódico regional en el Land de Hesse, una profesión que había desempeñado casi toda su vida en Berlín Este y que, gracias a su cercanía con Erich Honecker, le ayudó a convertirse en director del periódico Neues Deutschland, el órgano oficial del partido, cargo que desempeño entre los años 1978 y 1985.

Después de abandonar la cárcel, Schabowski no ocultó sus simpatías por la CDU y cada vez que podía recordaba con emoción y nostalgia la tarde en que la que se convirtió en el protagonista de un capítulo histórico. “Después de la rueda de prensa me fui a la cama con la sensación de que nos habíamos transformado en un país civilizado, pero abrir el muro fue una decisión táctica, no humanitaria, que tenía como finalidad acabar con la presión popular y mantener con vida al régimen”, solía repetir.

http://internacional.elpais.com/internacional/2015/11/02/actualidad/1446423786_809077.html

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Re: 25 aniversario de la caida del Muro de Berlin

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