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Diario de viaje en Siria

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Diario de viaje en Siria

Mensaje por Defekator el 7/5/2013, 10:34 am

DÍA 1. Un inicio inesperado

De Beirut al puesto fronterizo es apenas una hora de caminos montañosos. Infinitos edificios pequeños con paredes de piedra, manchan miles de hectáreas que antes eran para cultivos cítricos pero que sirven para demostrar el crecimiento económico libanés de la última época. Una realidad que, pensando en hipótesis de conflictos futuros, pudiese ser determinante si el país perdiese los millones en recursos ahí invertidos.


Pero ahora prefiero no entrar en futurismos tan apocalípticos y reflexiono sobre los avatares que rodearon mi viaje hacia Damasco. Un destino que estuvo teñido de muchísimas objeciones al nivel periodístico por la situación que proyectan las multinacionales de la información pero que al parecer, a partir de la mañana de ayer, por todo lo que vi, intentaré contrarrestar.

Y sí, es extraño utilizar este término pero fue la escasa media hora en la frontera la que me dio las señales más marcadas. Primero, porque había más familias que querían entrar y escasas las que batallaban por salir. Ingresé a la oficina libanesa para que me sellasen el pasaporte y era un hormiguero de gente que mi ocasional chofer/guía/amigo ayudó a sortear con rapidez. De lo contrario, creo que la tarde hubiera resultado demasiado tortuosa entre la típica desorganización árabe y la desesperación evidente de la gente.

Confieso que uno de mis primeros objetivos periodísticos eran los desplazados que, de manera errónea, pensé que estarían allí. Porque a pesar de que las oleadas más fuertes de desplazados de la guerra se dirigieron hacia Turquía y Jordania (que, ciertamente, abrieron sus fronteras de una manera nada diplomática sino más bien grosera), es Líbano quien comparte más elementos socioculturales con los sirios desde hace cientos de años y por ello supuse que la frontera estaría, con varios cientos de metros de autos entre escapes acalorados y bebés llorando –todavía me molesta recordar a los miles que observé hacinados en el cruce de Egipto hacia Libia en 2011.

Las cifras oficiales hablan de un millón y medio de personas que dejaron sus hogares y que se reparten entre los diferentes campamentos de los países arriba mencionados. Un número que asusta y que denota la probable emergencia sanitaria y luego laboral que se derramará en la zona, porque seguramente la mano de obra barata Siria comenzará a desplazar a los locales.

Seguí considerando esa hipótesis mientras el guardia sirio terminaba de revisar todo mi equipo. Semanas antes les había enviado una lista detallada y para mi sorpresa estaban viendo hasta los números de serie de lentes y micrófonos. “Ok, thank you”, me respondió en un pulcro inglés y el esperado viaje hacia la capital comenzó.

Pasé muchas noches considerando diferentes estrategias de contingencia para los siguientes kilómetros. Las noticias daban cuenta de ataques oportunistas de la insurgencia y secuestros puntuales a extranjeros. Otra vez se repetía la historia que tanto me preocupó cuando entré a Irak y a Libia hace dos años. Rompí fotografías, me desprendí de cualquier símbolo que pudiese complicarme en caso de un rapto y comencé a grabar el camino. Diez minutos después un puesto de control. Lo mismo a los veinte, y así el resto del camino para una experiencia que al menos en ese tramó careció de adrenalina.

La sorpresa me ganó. Fue una carretera segura y lo más molesto fue la tozudez siria para no dejar grabar a sus soldados por cuestiones de seguridad. Una postura que repiten gringos, egipcios y hasta las milicias palestinas y que tienen obvias respuestas que solemos odiar los reporteros.

En Damasco las primeras impresiones terminaron por redondear mi conclusión de este día inicial. Muchísima gente en la calle y una fluidez comercial llamativa para una capital que supuestamente está siendo disputada por las fuerzas rebeldes. Además le sumo la frontera desbordada y la carretera peligrosa como varios de los puntos rojos que tenía anotados y que ahora pienso borrarlos.

Redefiniré mi estrategia en Damasco y demás ciudades. Quiero escuchar a la gente e intentar hundirme en la vida cotidiana como el verdadero espejo de este conflicto. Igual, ser optimista es una ilusión demasiado inocente. Desde mi hotel los bombazos siguen sonando a un promedio de dos o tres por hora y estoy consciente de que este viaje apenas comienza.

Milenio

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